jueves, 26 de mayo de 2011

Una mano más grande que la otra

Cuando sale a la luz la tara
inherente a todo lo humano,
cuando un mediodía caluroso
uno nota que todo latir está
ligerísimamente desacompasado
o de que toda simetría es
imperceptiblemente defectuosa,
se afloja la corbata, la garganta
seca y las manos impacientes, y
tras cuatro segundos de vértigo
frente al abismo indescriptible
y la certeza de nuestra condición
de mamíferos algo más previsores
sorprendentemente más exigentes
infinitamente egoístas, narcisos
ante el lago cegador - surge
la paz que más ansiamos, nueva
consciencia de la propia y maravillosa
insignificancia individual, desaparece
el miedo a creerse obervado,
juzgado, castigado o premiado
por algo más que un universo
caprichoso y sumamente indiferente
al enclenque concepto del pecado
y la loable intención de la virtud.
Todo queda en nada, y la nada
nos llena de sentido. De ilusión.

1 comentario:

  1. A mi éste me parece un gran poema. Lo he leído tres veces y me parece que suena muy bien, que el ritmo está muy conseguido y que la estructura, la forma, se adecua perfectamente a la idea. Me gusta mucho.

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