Cuando sale a la luz la tara
inherente a todo lo humano,
cuando un mediodía caluroso
uno nota que todo latir está
ligerísimamente desacompasado
o de que toda simetría es
imperceptiblemente defectuosa,
se afloja la corbata, la garganta
seca y las manos impacientes, y
tras cuatro segundos de vértigo
frente al abismo indescriptible
y la certeza de nuestra condición
de mamíferos algo más previsores
sorprendentemente más exigentes
infinitamente egoístas, narcisos
ante el lago cegador - surge
la paz que más ansiamos, nueva
consciencia de la propia y maravillosa
insignificancia individual, desaparece
el miedo a creerse obervado,
juzgado, castigado o premiado
por algo más que un universo
caprichoso y sumamente indiferente
al enclenque concepto del pecado
y la loable intención de la virtud.
Todo queda en nada, y la nada
nos llena de sentido. De ilusión.
PROVERBIO
Hace 6 días